PANDEMIA Y HEGEMONÍA: LA OPORTUNIDAD DEFINITIVA.

El pasado estaba muerto, el futuro era inimaginable. ¿Qué certeza tenía de que quedara una persona con vida de su parte? ¿Y cómo saber si el dominio del Partido no duraría eternamente? A modo de respuesta, los tres eslóganes en la blanca fachada del Ministerio de la Verdad le recordaron que:

LA GUERRA ES LA PAZ

LA LIBERTAD ES LA ESCLAVITUD

LA IGNORANCIA ES LA FUERZA

Sacó del bolsillo una moneda de veinticinco céntimos. Ahí también con letra clara y minúscula estaban inscritos los tres eslóganes, y, en el reverso, el busto del Hermano Mayor.

(1984. Orwell)


El portal se abrió de manera dolorosa, un maldito microorganismo nos da la oportunidad -perentoria- de diseñar un nuevo orden, de hacerlo antes que sea demasiado tarde.

Cuando Francis Fukuyama sentenció con euforia neoliberal el “fin de la Historia” no calculó que la naturaleza muy probablemente tendría algo que decir, y que de sus caprichos surgirían otros relatos, renovados desafíos civilizatorios, incipientes materias primas para la construcción de nuevos equilibrios. Tiempo, fue el tiempo el único bien que no pudieron privatizar. A Fukuyuma le decimos hoy que asistimos al fin de una historia, y que la disputa por el sentido común sigue abierta. La lección queda aprendida: la eternidad no es una cuestión terrenal y ningún statu quo puede frenar las manecillas del reloj.

La hegemonía sedimentada se resquebraja poco a poco, se van rompiendo las lealtades trabajadas durante largos años frente a un sistema erigido sobre pilares de arena, se tumban mitos, se plantean interrogantes. Estamos en un momento crucial: El “dolor” nos ha despertado hacia un “saber”, un conocimiento que nos interpela y que dibuja, aunque de forma borrosa, una frontera nueva, algo parecido a un cambio. Se ha gestado un “querer”, hito fundamental para poner en marcha el proceso de la voluntad.

Pero la toma de conciencia per se no garantiza transformación alguna. El dolor puede convertirse en inercia si no encuentra una voz política, un proyecto que inspire un fin universal por el que valga la pena luchar. La depresión –síntoma del individualismo- sigue siendo el arma más eficaz del viejo orden que, aún amenazado, intenta inmovilizar cualquier pretensión revolucionaria – articulación colectiva-. La hegemonía está herida, es cierto, pero no está sola. Los marcadores de certeza entraron en crisis pero cuentan con respiradores artificiales, sus arquitectos trabajan duro en la propuesta de soluciones lampedusianas para que todo siga más o menos igual. La humanidad está deseando calmar la ansiedad –deformación del querer- con pastillas de certidumbre, y ellos lo saben. El desenlace es incierto, pero como nunca antes, insistimos, la disputa está abierta.

Pasará la cuarentena –privilegio de clase- y vendrá la más épica de las elegías. A los obreros los convertirán en héroes, como si ya no lo fueran, y se recordarán a los mártires, muchos de los cuales no quisieron serlo. Se invocarán hasta la saciedad palabras como la resiliencia y se harán votos por recuperar la “normalidad”, la única posible… Esa “normalidad” -con olor a esmog- arrebatada, momentáneamente, por un bicho inoportuno que alteró nuestras rutinas y que se interpuso, el muy insolente, en el derrotero desarrollista integrado en los genes mismos de nuestra especie. No podemos darnos el “lujo” de parar, si todo marchaba “razonablemente” bien, nunca antes estuvimos mejor, mala suerte… Los dispositivos culturales están activados desde el minuto cero. Nuestra subjetividad recibe altas dosis de anestesia, se multiplican los atajos cognitivos para reforzar los valores dominantes. Netflix les propone -a los que pueden- sobrellevar el paréntesis con entretenimiento, es que no hay por qué aburrirse. Los operarios de la matrix celebran su triunfo, los algoritmos funcionan, generan dependencia: estamos descifrados. Pululan los influencers con sus discursos optimistas porque lo importante, nos dicen, es no perder la actitud “positiva” pase lo que pase. La negatividad de lo otro y de lo extraño, o la resistencia de lo otro, apunta Byung-Chul Han, perturba y retarda la lisa comunicación de lo igual. Se popularizan los manuales de autoayuda para motivar la realización personal, debemos aprovechar estos días para recargar las energías. No debemos inquietarnos tanto por lo que ocurre a nuestro alrededor, un buen ejercicio de respiración puede ser útil para poner la mente en blanco, se recomienda el yoga. Nos piden ánimo, cada vez falta menos para que termine la pesadilla, y, cuando eso suceda, recuperaremos el tiempo “perdido”, o improductivo, como queramos llamarlo… Nuestra estabilidad depende de la máquina, el shock resiente demasiado las finanzas, o la felicidad, como queramos llamarla… También el futuro se positiva como presente optimado. No hay espacio para la espiritualidad.

Las consignas ya buscan imponerse sobre los argumentos, hay demasiadas preguntas “peligrosas” viralizadas y conviene montar un cerco epidemiológico para frenar la propagación de nuevas respuestas. Como nunca antes somos vulnerables a las trampas dialécticas de los “expertos” del establishment en cuyas manos, por supuesto, se pondrá en marcha la reconstrucción de la “normalidad”.

Nos enseñan ex cathedra que hay que “gestionar” la crisis (material), lo mismo que las frustraciones (sentimientos); que se han de tomar medidas de eficiencia y que, para ello, es preciso “optimizar” el tiempo. No se admiten pausas prolongadas, el exceso de tiempo “libre” amenaza el orden mundial apoyado sobre criterios de rentabilidad. “Time is money”, proclamó Benjamin Franklin. Se cuentan los días para retornar al tiempo esclavo… En definitiva, no se plantea ningún cambio estructural, solo resignación, resiliencia y unas cucharaditas de optimismo.

La destrucción de las palabras es algo de gran hermosura. (…) ¿qué justificación tiene el empleo de un palabra sólo porque sea lo contrario de otra? Toda palabra contiene en sí misma su contraria. Por ejemplo, tenemos “bueno”, ¿qué necesidad hay de la contraria, “malo”? Nobueno sirve exactamente igual, mejor todavía, porque es la palabra exactamente contraria a “bueno” y la otra no. Por otra parte si quieres un reforzamiento de la palabra “bueno”, ¿qué sentido tienen esas confusas e inútiles palabras “excelente, espléndido” y otras por el estilo? Plusbueno basta para decir lo que es mejor que lo simplemente bueno y dobleplusbueno sirve perfectamente para acentuar el grado de bondad. Es el superlativo perfecto. Ya sé que usamos esas formas, pero en la versión final de la neolengua se suprimirán las demás palabras que todavía se usan como equivalentes. Al final todo lo relativo a bondad podrá expresarse con seis palabras: en realidad una sola. ¿No te das cuenta de la belleza que hay en esto, Winston? Naturalmente, la idea fue del Gran Hermano.

(1984. Orwell)


Los escuderos del establishment advierten sobre la necesidad de flexibilizar las normas, anticipan estrategias para maximizar los beneficios. Todos debemos “arrimar el hombro” en esta crisis –empezando por ese “mal necesario” llamado Estado-, no podemos renunciar a la búsqueda de la “prosperidad”, esa tierra prometida que llegará por goteo a las clases bajas, reza el axioma. La filantropía es deseable, la empatía no tanto. En algunas naciones desarrolladas, las del primer mundo, las escuelas no han parado. En España, país donde me encuentro, los psicólogos aconsejan que los niños no dejen de “trabajar” y relievan las bondades de los recursos tecnológicos en tiempos de confinamiento. El juego es secundario, lo mismo que la reflexión sobre el mundo que les espera cuando se abran las puertas. Lo importante es que ahora las clases se imparten por vía telemática, herramienta indispensable para mantenerlos activos, llenos de tareas, “funcionales”, solo así no perderán la sensación de la “normalidad” –en un contexto anómalo-. Hay que “invertir” en ellos porque son los herederos del sistema, están llamados a ser competitivos hasta que el planeta resista… Es que la educación, pontifican con tonito solemne, “es el motor que promueve el crecimiento de la economía y el nivel de desarrollo de un país, lo que se traduce en ventajas competitivas en el mercado global”. Es todo lo que importa, se obvia a los ciudadanos como sujetos autónomos más allá de su función como peones del Gran Capital.

(Mientras escribo estas líneas, leo una noticia: Los dos hijos de Thomas Schaefer, el respetado ministro de Finanzas del estado alemán de Hesse, no volverán a jugar con su padre. El funcionario se quitó la vida tras sentirse “profundamente preocupado” sobre el impacto económico que podría acarrear la pandemia. Tenía 54 años. La economía tiene vida propia y nos fagocita. Algo está mal…)

En mi pequeño país, Ecuador, un pintoresco- y curiosamente influyente- ex Vicepresidente de la República, Alberto Dahik, ha tuiteado hace escasos días que además del Covid-19 hay otro virus letal: “Otro virus grave es el gigante gasto público. Cualquier sacrificio tiene que acompañarse con reducción del gasto burocrático. Si no es así habría dos países: el Ecuador de los sacrificios y el Ecuador de la burocracia intocable”.

La propuesta (dogma) es tanto más dramática si consideramos que el gobierno ecuatoriano decidió, en medio de la peor crisis humanitaria de su historia, pagar USD324 millones en deuda externa a tenedores de bonos. “Primero lo primero”: La escasez de respiradores puede esperar. El “dilema” se resume en economía VS humanidad.

Es el mismo credo neoliberal que motivó a una “líder” de opinión del mismo país a indignarse públicamente por la falta de “proactividad” de los ciudadanos moribundos en medio del caos. De la boca de la periodista Janeth Hinostroza salieron estas palabras (textual): “Recibí esta mañana un vídeo que me dejó impactada. Imágenes muy duras de un paciente en el balde de una camioneta, ya complicado de salud, golpeando las puertas de un hospital para que sea atendido, y emitiendo un video en redes sociales con la queja…”

Al caso mencionado le antecedió una reflexión que retrata muy bien el zeitgeist de la época: “Es increíble como aumenta cada día la queja, nos quejamos del sistema de salud pública; nos quejamos del 171; nos quejamos del gobierno; nos quejamos del Covid; los que se han quedado en los aeropuertos se quejan; todo el mundo se queja… Y lo que necesitamos es una población proactiva, que pueda entender la situación y aportar con soluciones…”

Tal declaración de principios grafica la dimensión de la batalla cultural. Como Hinostroza, son muchos quienes asumen el sistema actual no ya como inevitable, sino como una especie de estado natural de las cosas. Sobreentendido este engendro como verdad absoluta. El “sálvese quien pueda” se convirtió en hábitat, se privatizó el dolor, cada quien es responsable de su destino y es que, después de todo: “hay quienes viven por encima de sus posibilidades”. Memento Mori.

Esta es la distopia del neoliberalismo, una visión monolítica del mundo; un mundo de chusma mal agradecida que vive de parasitar a unas élites que lo son porque “se lo merecen”, porque “lo valen”. Aquel mantra que señala que “el individuo es y hace lo que quiere”, terminó permeando a nivel simbólico, cultural y político.

No se trata de regatear a la muerte, se trata de luchar apasionadamente por la vida digna y hoy, como nunca antes, tenemos la oportunidad de cambiar las cosas.

Lo importante no es tanto la moral de las masas, cuya actitud resulta irrelevante con tal de que sigan trabajando, sino la moral del propio Partido. La escisión de la inteligencia que exige el Partido a sus miembros, y que se consigue más fácilmente en un ambiente bélico, se ha vuelto casi universal, pero a media que ascendemos en la jerarquía se vuelve más marcada.

(Capítulo III, la guerra es paz. 1984, Orwell)


Pues sí, la disputa está abierta. El coronavirus no solo ha producido una crisis sanitaria, ha provocado una crisis sistémica de proporciones insospechadas y se impone la necesidad de darle un significado político. El momento es- trágicamente- inmejorable para instalar un nuevo sentido común. Una catástrofe global nos brinda la oportunidad de alterar la hegemonía solidificada, de cambiar las fronteras que ordenan el campo político que conlleve un posible cambio en los equilibrios. Lo primero es vencer la resignación, impedir que el pánico nos paralice, debemos convencernos de que sí hay alternativa. Lo siguiente es cuestionar la neolengua orwelliana que ha deformado las palabras para instalar una “racionalidad” perversa. No podemos, nunca más, volver a naturalizar la insoportable brecha socioeconómica, la deficiente distribución de la riqueza, la suicida contaminación del planeta, el consumismo voraz, el desperdicio de alimentos, la violencia heteropatriarcal, la estigmatización de los migrantes, el drama de los refugiados, la construcción de muros… Todo esto está ocurriendo mientras seguimos la recomendación de lavarnos escrupulosamente las manos como medida de autoprotección. ¡Ay!, la semiótica…

De las cenizas no puede nacer algo igual… “Quizá otro virus ideológico, y mucho más beneficioso- apunta Zizek- se propagará y con suerte nos infectará: el virus de pensar en una sociedad alternativa, una sociedad más allá del estado-nación, una sociedad que se actualiza a sí misma en las formas de solidaridad y cooperación global”. Amén.

El aislamiento obligatorio nos permite reflexionar sobre la dimensión menos publicitada de nuestra interdependencia global. Somos una comunidad y, como tal, nuestra fragilidad se incrementa cuanto menos logremos velar por la materialización del bien común.

Es el momento de la Política, de aferrarnos a la democracia con uñas y dientes, y radicalizarla –porque querrán secuestrarla-. Ha llegado la hora de fraguar una voluntad colectiva que marque el inicio de un nuevo ciclo: la globalización del Buen Vivir. La tarea no será fácil, estamos ante una gran hazaña, una auténtica revolución. No se trata de contemplar un mundo perfecto, se trata de bregar por un orden mucho más justo porque es posible.

La estrategia ha de ser inteligente, el nuevo orden debe abrirse paso empleando herramientas existentes. No hay tiempo para tábulas rasas. El Estado, la ley y las instituciones paridas por la razón ilustrada no son el enemigo, son campos de batalla que debemos disputarlos y hoy, más que siempre, podemos vencer. La Declaración Universal de los Derechos Humanos y las Constituciones no son meros artilugios burgueses, son instrumentos de defensa para los débiles. Nuestro objetivo debe ser insuflarles un carácter plebeyo. Nunca más los chantajes de los poderes financieros. Los fundamentos de la hegemonía naciente han de reivindicar el valor de lo público, que ha de ser fortalecido. Es, en definitiva, el momento de forjar un nuevo pacto social con el protagonismo de la gente común, inaugurar el poder popular.

La otra opción es bastante más simple, consiste en dejarlo todo en manos del Gran Hermano, un tentador atajo hacia la seguridad perpetua…

Hasta que no tomen conciencia no se rebelarán, y sin rebelarse no podrán tomar conciencia.

(Orwell, 1984)


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