Tiempos de pandemia: los bancos por su lado, la gente por otro

“Para que el post capitalismo sea genuino y humanista, tenemos que

negar a los bancos privados su razón de ser y acabar, de un solo golpe,

con dos mercados: el mercado de trabajo y el mercado

de valores”

(Varoufakis, 2020)

Sin sonrojo alguno, la economía vulgar se ha encargado de instaurar en el sentido común la idea de que la implosión de la burbuja financiera-inmobiliaria del 2008 fue un simple desperfecto del sistema. Asimismo, parece pasar por alto las ingentes sumas monetarias inyectadas por los propios bancos centrales de cada país al sector financiero, con recursos públicos de todos y todas, sin requerimiento ni control alguno, en su desesperación por evitar una depresión aún más profunda. ¿De dónde provinieron esos recursos? Pues bien, la respuesta es clara: de sistemáticos paquetes de ajuste fiscal que cercenaron el gasto y la inversión pública en detrimento de los estratos bajos y medios.

En pocas palabras, minimizar la magnitud de este clivaje estructural no solo dista de la realidad, sino que expone una voluntad política expresa por difuminar el verdadero fenómeno subyacente que resquebrajó los pilares económicos del mundo, tal cual lo conocíamos.

En efecto, el crack del ’29[1] de nuestros tiempos, desacopló de una vez por todas algo que la teoría mainstream hace algunas décadas-en términos teóricos y analíticos- se había encargado de escindir: por un lado, la economía real, es decir, aquella ligada a la actividad productiva, los salarios (y, por ende, el ser humano) y el intercambio de bienes y servicios: y por el otro, la financiera-especulativa, circunscrita al ámbito bursátil y cambiario. El artilugio se llevó a cabo a través de un proceso de naturalización de esta separación que asumió, a priori, una inarticulación entre estas dos esferas, aceptando apenas limitadas interacciones de forma esporádica y superflua.

Con ciertas excepciones[2] vale la pena destacar que, la consolidación de sectores financieros robustos, solventes y dinámicos a lo largo del siglo XIX en Europa, y un poco más tarde en Latinoamérica, se cimentó sobre la búsqueda por vehiculizar crédito hacia proyectos de inversión, cuyos efectos sobre la economía real retroalimentaban un círculo virtuoso, toda vez que generaban tasas de retornos mayores al costo del préstamo inicial. Es decir, los primeros se encontraban al servicio de esta última. Lamentablemente, estamos lejos de aquellas épocas idílicas.

No obstante, esta transición post capitalista se encuentra caracterizada por un autismo alarmante de los movimientos financieros que, en última instancia, parecen no estar afectados en lo absoluto de las recurrentes crisis mundiales en donde se constata una reducción de los márgenes de beneficio de las empresas –en especial las pequeñas y medianas–, la profundización del desempleo – teniendo como resultado el incremento de la pobreza sin parangón alguno–, así como el inobjetable deterioro del ambiente, producto de patrones de consumo y estilos de vida sobredimensionados. Esta nueva fase, según Varoufakis, ex ministro de finanzas del gobierno griego por SYRIZA[3], está marcada por el socialismo para los muy pocos y la austeridad estricta para las vastas mayorías[4]. Entre la crisis de las subprime (2008) y aquella del COVID-19 (2020), paradójicamente todos los recursos destinados a sacar a flote los grandes bancos –de los cuales se esperaba que expandan el crédito a través de préstamos al sector productivo– dieron lugar, tomando las palabras del también político griego, a una zombificación de las empresas. Es decir, una merma y deterioro en la actividad productiva. El desacople se había llevado a cabo.

La misma CEPAL, en su informe presentado en julio del presente año[5], remarca que, ya para finales del mes de marzo, se había revertido la tendencia negativa de los flujos financieros a escala mundial, entre otras cuestiones, por los paquetes fiscales y las políticas monetarias expansivas (disminución de la tasa de interés) transferidas desde los bancos centrales más poderosos del mundo. Sin embargo, luego de prácticamente seis meses, no se ha verificado el traslado de dichos recursos a la actividad económica, menos aún al mercado de trabajo y al empleo. Pareciera ser que la rentabilidad financiera no encuentra en el microcrédito, en el sostenimiento del empleo o en un aumento de la producción incentivos ‘suficientes’ para movilizar recursos, mientras que la especulación cambiaria o accionaria se muestra como su terreno fértil.

Al ser un país periférico, Ecuador se encuentra inmerso en estos ciclos mundiales. Más aún, se produce una suerte de reproducción nacional de estos patrones, con actores económicos vernáculos –paradójicamente con ínfulas político-electorales. Aunque no sea un calco exacto de los movimientos internacionales mencionados con anterioridad, los paralelismos son evidentes.

En efecto, el país se encuentra en un contexto caótico, atravesando una de las crisis económicas, sociales y sanitarias más importantes de su historia. La actividad económica, en franco desplome, desde el cuarto semestre de 2017, tuvo para comienzos del 2020 una caída interanual del 2,4%[6]. Asimismo, el segundo trimestre del año el Índice de la Actividad Económica Coyuntural[7]( IDEAC) se hundió 25,7% comparado con el mismo trimestre del año anterior. El sector más afectado fue el comercio, con una caída de 42,2%[8]. Mientras el Banco Central del Ecuador prevé una caída del Producto Interno Bruto para el presente año del 9,6%, organismos multilaterales de crédito como el FMI proyectan un derrumbe del 10,9%.

El mercado de trabajo no es la excepción. Vale la pena recordar que, desde antes de la pandemia, su estructura ya se encontraba fragilizada, con un alto y creciente peso del sector informal. En ese sentido, la encuesta de hogares (ENEMDU), expuso que la tasa de desempleo había saltado a un 13,3% en junio de 2020, mientras que el empleo adecuado a escala nacional (entiéndase, en condiciones laborales dignas, con contrato y aportación al seguro social) pasó del 38,8% en diciembre de 2019 al 16,7% seis meses después. Es necesario recalcar que estos datos pueden estar marcadamente sesgados a la baja o, en otras palabras, subestimados, debido a que el INEC llevó acabo la encuesta de manera telefónica[9].

Por otro lado, en el mismo informe de la CEPAL, se proyecta un aumento interanual de la pobreza del 25,7% al 32,7%, y de la pobreza extrema de 7,6% a 12,7%. Como si todo lo anterior fuera poco, la distribución del ingreso sufrirá drásticos movimientos regresivos. Ecuador es de los países que lidera en el porcentaje de aumento que tendrá el coeficiente de Gini: más del 6%.

La lista es larga y extensa, más aún si se toman indicadores del sector externo y monetario, aunque, con el panorama esbozado basta para comprender que la pandemia impactó a una economía que ya acarreaba problemas estructurales y que, son los sectores populares, aquellos que están recibiendo los embates más fuertes de un Estado completamente ausente y entregado a grupos de poder.

En este contexto, el Banco de Guayaquil, el tercer banco más importante del país[10], que ya desde el 2019 viene arrojando ganancias extraordinarias[11], ha visto en los primeros ocho meses del año, en plena pandemia, reverdece sus ingresos por el cobro de intereses con un crecimiento acumulado con respecto al 2019 del 29%. Parece inaudito que, dadas las circunstancias extremas, el sector bancario continúe lucrando a través de las deudas de una población cuyos ingresos no alcanzan incluso para las necesidades básicas. Ahora bien, si se hace un gran esfuerzo de abstracción, y se logra dejar temporalmente de lado este hecho, se esperaría que al menos todos esos ingresos se hayan movilizado hacia la ejecución de créditos baratos, destinados a sostener la actividad económica, y lo que es más importante, a proteger a sectores sociales vulnerables, cuyas condiciones materiales impiden el desarrollo de sus actividades. No obstante, ese no es el caso: del total de la cartera de crédito del banco, apenas el 0,07% pertenece al rubro educación y solo un 2% al de vivienda.

Fuente: Superintendencia de Bancos

El desacoplamiento analítico y económico entre los sectores financiero y real parece ir más allá. Es decir, una escisión tan profunda que los mismos representantes de los grupos especulativos parecen encontrarse en mundos completamente distintos a los de las grandes mayorías. Por el contrario, su inmersión en esta incesante (y hasta enfermiza) búsqueda por la maximización de la utilidad, terminó por cortar el delgado cable que los unía con la realidad. Lo cual entra en flagrante contradicción con la misma formación empírica del beneficio, dado que ésta es producto del trabajo social desplegado en una economía y no del esfuerzo completamente individual de una persona.

La situación se agudiza mucho más en Latinoamérica, donde nuestras oligarquías, muchas de las cuales controlan justamente estos sectores especulativos, han mostrado comportamientos de esa naturaleza desde la misma época colonial, esto es, incluso con anterioridad a la expansión del capitalismo como sistema de interacción mundial.

Torcer esta dinámica viciosa y reunir a estas dos burbujas parece una tarea titánica. Empero, un primer y crucial punto de partida, sería la toma del poder político, el Estado, como espacio de legitimidad social para desde ahí ejercer un contrapeso a los poderes fácticos. Es necesario también, en línea con Varoufakis, a través de la refundación y reprogramación de las deudas públicas y privadas, mediante el uso herramientas financieras, exigir una relocalización de los sorprendentes montos de liquidez –que pululan por los mercados mundiales especulativos en búsqueda de ganancias espurias–, hacia la producción de bienes y servicios públicos que promuevan un desarrollo sostenible, inclusivo y sustentable. La empresa es de enormes magnitudes, y este quiebre histórico tendría la potencialidad de generar las condiciones objetivas que den paso a la superación del modo de producción actual.

 

Bibliografía:

CEPAL. (2020). Enfrentar los efectos cada vez mayores del COVID-19 para una reactivación con igualdad: nuevas proyecciones. Santiago de Chile: Informe Especial N°5.

Galbraith, J. K. (1991). Breve historia de la euforia financiera. Ariel.

  1. En referencia a una de las crisis más importantes (si no la más importante) del siglo XX en la bolsa de valores de EE.UU, más específicamente en 1929 conocida también como la Gran Depresión.

  2. Para un análisis más detallado de la creación, expansión y posterior implosión de las distintas burbujas financieras durante el modo de producción capitalista revisar (Galbraith, 1991).

  3. Partido político de izquierda que formó gobierno en el año 2015.

  4. https://www.sinpermiso.info/textos/como-la-pandemia-ha-acelerado-la-transicion-al-postcapitalismo

  5. (CEPAL, 2020)

  6. https://contenido.bce.fin.ec/docs.php?path=/documentos/Estadisticas/SectorReal/Previsiones/IndCoyunturas/EstMacro092020.pdf

  7. Es un proxy del PIB que mide el volumen de actividad económica del país, su practicidad radica en que permite tener un panorama claro de la situación actual con bastante rapidez.

  8. https://www.bce.fin.ec/index.php/component/k2/item/313-indice-de-actividad-econ%C3%B3mica-coyuntural-ideac

  9. https://coyunturauceiie.org/2020/08/12/la-mayor-causa-del-desempleo-durante-la-pandemia-en-ecuador-es-el-despido-intempestivo/

  10. https://dolarizacion.ec/2020/08/31/banco-del-pacifico-cronica-incomoda-sobre-los-intereses-e-insistencias-en-su-venta/

  11. En 2019, obtuvo ganancias por 128 millones de dólares, con un crecimiento interanual del 17%.

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